La catastrófica influencia ideológica

lunes 22 de febrero de 2010

Autor: Gunther Zevallos

Dicen que los economistas estamos acostumbrados a mirar al pasado para intentar explicar el comportamiento de la economía. Efectivamente, los economistas utilizamos los sucesos que ocurren en el pasado para desarrollar teorías que sirvan para analizar el presente y realizar predicciones en el futuro. Naturalmente de los hechos pasados aprendemos mucho y es sumamente importante hacerlo así. No obstante, muchas veces damos por válidas algunas viejas teorías que quizás no debiéramos, o bien actuamos con prejuicios aceptando las mismas, y muchas veces a pesar de que nuestras teorías pueden ser un lastre que nos lleven a tomar decisiones equivocadas. Naturalmente existen otros argumentos bastante importantes que nos conducen a tomar decisiones equivocadas y que tienen que ver con la propia influencia que ejerce nuestra ideología para aceptar determinados modelos, porque probablemente no estamos dispuestos a dejar a un lado buena parte de nuestras ideas preconcebidas.

En muchas otras ocasiones, las teorías económicas de los economistas son utilizadas como excusa, o como armadura intelectual e ideológica para poder influir en la sociedad, tal es el caso de la teoría keynesiana que ha sido asumida de buen grado por buena parte de los ideólogos de la izquierda, o la teoría neoclásica con la que también se han desarrollado teorías igualmente incoherentes y donde todo responde a un ajuste de equilibrio perfecto pero irreal de los mercados. Ambos desarrollos han resultado nefastos para resolver la crisis actual y los resultados saltan a la vista, de hecho lo estamos padeciendo todos por partida doble. Por este motivo, muchas de las manifestaciones públicas de «destacados economistas» son más bien declaraciones políticas e ideológicas y por tanto interesadas, por no decir inconsistentes.

Lo que no entienden probablemente algunos políticos y probablemente tampoco muchos economistas, es que hemos creado dos superestructuras teóricas superficiales e inútiles para resolver nuestros problemas económicos, y que solo son utilizadas hábilmente para defender las posiciones ideológicas contrapuestas. Desde mi punto de vista probablemente tengan más utilidad para un político que quiera hacer frente a su adversario ideológico, pero para poco más. Particularmente soy de la opinión de que los economistas deberíamos hacer «borrón y cuenta nueva» con nuestras teorías y desechar aquellas que se han mostrado ineficientes. Ni se puede pensar que los mercados siempre están en equilibrio, ni por supuesto que su alternativa sea simplemente el control de los mismos. Por supuesto las teorías intermedias que buscan utilizar lo mejor de ambas posiciones, por ejemplo la neokeynesiana tampoco me acaban de convencer. Desde mi punto de vista hace falta un cambio en el desarrollo de la teoría económica actual.

Hasta hoy, que yo sepa, los economistas han fallado a la hora de analizar seriamente cuáles pueden ser las causas de la anunciada decadencia de nuestra economía y la de muchos países occidentales, aunque hayan acertado en relación con la crisis que se estaba engendrando, fundamentalmente por parte de los economistas de la escuela austriaca. Y en lo que respecta a los responsables políticos aún peor, unos han achacado la crisis exclusivamente a las políticas económicas llevadas a cabo por los gobiernos, otros al capitalismo y la especulación sobre los mercados. Lo cierto es que la quiebra del sistema financiero no es debido exclusivamente ni a uno ni a otro argumento, sino a una suma de circunstancias. O los responsables en su mayoría carecen de una visión real del asunto, o esconden, cuando no manipulan aquello que no desean dar a conocer con fines políticos.

Para quienes están ajenos a la ciencia económica advertirles que los economistas nos equivocamos al hacer predicciones porque muchas veces no consideramos todos los comportamientos inconexos de los mercados, porque son las decisiones imprevisibles de cientos de miles, sino millones de personas y empresas que muchas veces se ven influenciadas por las declaraciones de expertos e incluso de los propios líderes políticos, aunque también por otras causas más profundas y que tienen que ver fundamentalmente con la intervención de la política monetaria y no únicamente la política fiscal, pero que no forman parte de este artículo. Lo que tiene que entender el público es que en ocasiones los mercados reaccionan de manera distinta a la prevista, a veces con una fuerza inusitada porque hay distintas variables que en un momento inesperado adquieren suficiente relevancia, o bien, porque no han sido tenidas en cuenta realmente. Una intervención pública equivocada también puede ser el origen de cambios profundos en la economía.

Un científico puede y debe aislar las condiciones que afectan a un fenómeno para poder predecir correctamente un comportamiento, pero por extraño que parezca, los economistas no estamos ajenos a determinadas influencias externas, entre ellas hoy más que nunca la ideológica, lo que lleva a algunos responsables económicos a multiplicar sus errores y a convertirlos en unos pésimos gestores de la crisis. Y si nosotros los economistas, aun conociendo bastante mejor el comportamiento de los mercados claramente no hemos hecho lo suficiente para advertir que este camino nos conducía a la debacle, por una razón u otra, imagínense ustedes a alguien que desconozca por completo cómo es el comportamiento de los mercados y de la economía y que su idea de sociedad se basa única y exclusivamente en argumentos puramente ideológicos creyendo además tener el suficiente conocimiento para controlarlo todo, como si su actuación no fuera a tener la más mínima consecuencia sobre la economía y los mercados, como si pudiera controlar cada uno de nuestros comportamientos como consumidores o como empresarios. Parece, que en algunos casos algunos no han aprendido nada de la historia, y de los numerosos intentos fracasados por controlar el sistema de precios o también llamado de mercado, por qué iba a ser hoy de distinta manera.

Si hay algo que un economista sabe es que la reacción de los mercados es, por lo general, en exceso. Es decir, un comportamiento que la mayoría de las veces es histérico y busca anticiparse a las expectativas que determinadas informaciones generan. Por eso, no solo las cifras económicas, sino también la información política sobre la economía que algunos líderes políticos transmiten es sumamente importante, pues de ella dependen las reacciones del mercado, compuestos por personas y empresas reales dispuestas a mejorar su satisfacción y a conseguir mayores beneficios. Aunque por lo general, tarde o temprano estas reacciones en exceso de los mercados suelen suavizarse y seguir un cauce más racional. La respuesta de los mercados y sus reacciones excesivas también son debidas a manifestaciones incoherentes que lanzan algunos dirigentes en distintas direcciones, sobretodo cuando multiplican sus barbaridades o cuando abundan en optimismo o pesimismo con la mayor alegría, o con la escasa sensatez. En algunos casos son también el pecado de algunos economistas influyentes, que adolecen, por tratarse de seres humanos e imperfectos, de los mismos defectos que el resto de seres humanos, anteponiendo muchas veces sus propias ambiciones personales al beneficio de la sociedad.

Nuestros representantes políticos deben saber igualmente cuáles pueden ser los efectos de sus propias declaraciones. Cuando un Presidente de Gobierno arremete en sus críticas contra los especuladores diciendo: «no deja de ser una paradoja que, como consecuencia de hacer un gasto público fuerte, ahora los mercados a los que acudimos a salvar sean exigentes y nos examinen e intenten poner dificultades», hay que decirle que un Presidente representa a toda la sociedad y que no puede anteponer su ideología al bienestar de todos los ciudadanos; porque, aunque quizás no se haya enterado o no se quiera enterar, afortunadamente hoy vivimos en una sociedad de mercado, y que salvo que el tenga en mente otros planes para nosotros, tal vez un tipo de sociedad distinta, una sociedad intervenida, de momento la sociedad española tiene otros planes: seguir viviendo en una economía de mercado y de la información. Esperemos que a tenor de las experiencias de otros países, los españoles hayamos tomado consciencia de que el tipo de sociedad intervenida que pregona nuestro Presidente en casi todas sus declaraciones ideológicas, no es precisamente la que más nos conviene a todos.

Mientras tanto nosotros seguiremos buscando nuestro mayor bienestar, a pesar de las nefastas declaraciones que perturban los mercados, a pesar de su intención de algunos por satanizar al mercado, es decir, a todos nosotros sus conciudadanos, porque el mercado en definitiva somos todos los españoles que hemos luchado por vivir en un país libre y moderno con una economía de mercado floreciente. Por otra parte, los economistas pensamos que no se puede satanizar al mercado y a quienes participamos en el llamándonos especuladores. Quizás no sepa el señor Presidente que: «todos somos especuladores». Saben ustedes por qué, porque aunque con alguna que otra restricción amamos la libertad, porque al menos de momento podemos decidir libremente; elegir qué hacer con nuestro dinero, si invertirlo en vivienda, comprar fondos de inversión, hacernos un plan de pensiones, o gastarnos el dinero hoy; porque todos especulamos al perseguir la mayor rentabilidad que nos permita mejorar nuestro bienestar; porque todos especulamos al buscar unos mejores salarios y un mejor empleo; porque todos buscamos mejorar nuestro nivel de vida y el de nuestros hijos, qué le vamos a hacer, ¿no es esto suficiente señor Presidente?

Gunther Zevallos
Secretario Gral pCUA

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Se consuma la traición del PSOE y CHA contra Aragón

viernes 18 de diciembre de 2009

La historia y los electores tendrán que juzgar una de las mayores traiciones que pudiera recibir Aragón. Sus señorías, los señores y señoras diputados de las Cortes Aragonesas, tanto del partido Socialista como de Chunta aragonesista, son los únicos responsables a título individual por haber aprobado finalmente una Ley de Lenguas como la actual, que incluye al catalán como lengua «propia e histórica» de nuestra Comunidad Autónoma. La afrenta hacia Aragón sólo puede ser entendida desde la ignorancia más absoluta, o desde la entrega propia de un traidor.

El querer equiparar hoy lo que es el catalán normalizado por el ingeniero catalán, Pompeu Fabra i Poch, a principios del siglo XX, considerando básicamente el dialecto Barceloní para elaborar la gramática de la lengua catalana; con todas aquellas modalidades lingüísticas que forman parte de nuestra riqueza cultural aragonesa desde la edad media hasta nuestros días, y que lamentablemente se perderán para siempre, debido a la normalización que esta Ley de Lenguas impondrá, constituye un verdadero latrocinio. Pero, la pérdida de nuestro acervo cultural aragonés no es lo único a lo que tendremos que hacer frente los aragoneses en el futuro. Ejemplos los tenemos, y muy próximos, tanto en la Comunidad Valenciana como en la Comunidad Balear. El primer paso para allanar el camino es suplantar la lengua, le sigue suplantar la cultura y posteriormente la historia de Aragón, no lo duden. Se multiplicarán todo tipo de actividades para favorecer la expansión del catalán y aplastar definitivamente nuestra identidad aragonesa, empezando en el Aragón Oriental y, una vez rota la barrera de nuestra autoestima, penetrando en el resto del territorio aragonés.

La Ley de Lenguas utiliza la Constitución española de 1978 como justificación para «proteger las culturas, las tradiciones, lenguas e instituciones». No obstante, nuestros diputados diluyendo toda su responsabilidad personal en su propio grupo (PSOE o CHA), interpretan a su antojo cuáles son las lenguas que tienen que defender. Nuestros representantes en las Cortes se ve que consideran que debería «defenderse el catalán» en Aragón en vez de nuestras propias modalidades lingüísticas aragonesas en peligro de desaparición. Y siendo así, naturalmente sus señorías que han votado esta Ley, avalan que la lengua catalana sea una lengua histórica de nuestra Comunidad, como si en Aragón se hubiera hablado desde la edad media el catalán normalizado de principios del siglo XX. Lástima de interpretación, y todo por el puro empecinamiento de nuestro presidente Marcelino Iglesias considerado a sí mismo catalano parlante y por anhelos nacionalistas y pro catalanistas de Chunta, aliada de Ezquerra Republicana de Cataluña como lo demuestra su alianza electoral en las elecciones europeas. Pero, todo este problema es fruto de la deriva autonómica que estamos viviendo en España y, por la falta de voluntad de una buena parte de nuestros propios conciudadanos por defender su propia identidad cultural.

Los problemas que generará esta Ley de Lenguas empezarán a mostrarse en nuestras propias Instituciones, porque la Ley prevé que los ciudadanos se puedan dirigir a las mismas en catalán. Además, al garantizar la Ley la extensión del catalán por todo el territorio aragonés, abre las puertas a las pretensiones del nacionalismo secesionista catalán más radical, aquel que utiliza el idioma catalán como punta de lanza para conseguir sus fines expansionistas y alcanzar el sueño secesionista de los «países catalanes». Ese sentimiento profundo del nacionalismo catalán que brota de la exaltación de las diferencias culturales, el idioma, y el odio a lo español. Los nacionalistas entienden que la lengua es la esencia misma de su nacionalidad, por eso se empeñan en resaltar su identidad y su lengua, y por eso están contentos con que se haya aprobado el catalán en Aragón, pues esta Ley no hace más que avalar su tesis sobre su forma de interpretar la historia, en referencia a la corona «Catalana-aragonesa» que ellos utilizan sin el más mínimo pudor.

La estrategia del nacionalismo separatista catalán consiste en unificar el catalán, porque ellos saben que las fronteras de su nación catalana sólo serán estables y se consolidarán, si prevalece una única unidad lingüística. Para el nacionalismo catalán una nación sólo perdurará si consigue su unidad e identidad cultural, reforzando su idioma, sus costumbres y sus leyes. De aquí el interés del nacionalismo catalanista por quebrar la unidad lingüística y cultural aragonesa, con el fin de ir incorporando nuevo territorio de sus Comunidades vecinas. En Aragón, para ampliar sus dominios han promocionado artificialmente el idioma catalán y han intentado devastar la cultura aragonesa en el Aragón Oriental, porque consideran que estos territorios forman parte de su nación, los «países catalanes». El conflicto del arte sacro, por ejemplo, es un conflicto geopolítico que sólo se entiende por esta razón.

En las zonas de nuestro Aragón oriental, donde ya sufren la presión del nacionalismo catalán, sus propios habitantes mayoritariamente (más del 99%) actualmente afirman que no identifican su lengua local con la lengua catalana y así se puede demostrar si examinamos los datos del Instituto Nacional de Estadística de 2004, o el Estudio Sociolingüistico elaborado por la Universidad de Zaragoza en 1995, donde sólo un 10% de la población de la zona definió a su lengua como catalán. Esto significa, que sólo 1.256 personas del total de la población aragonesa (aproximadamente 1.326.918 habitantes) consideran que lo que hablan es catalán, lo que en porcentaje supone menos del 0,01% de la población aragonesa. Por este motivo, no se entiende que «sus señorías» consideren igualmente que el catalán sea una lengua propia, pues por el mismo criterio tendrían que incluir el chino, que lo hablan más de un 3% de la población, o el árabe y otros idiomas que se hablan también en Aragón. Y si el catalán no es una lengua ni histórica ni propia de Aragón, entonces ¿qué pinta en Aragón una Ley de semejante desatino?


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Gunther Zevallos
Secretario Gral pCUA

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El desencanto del proyecto del Partido Popular

miércoles 2 de diciembre de 2009

Los episodios protagonizados recientemente por Cataluña y su Estatuto, muestran claramente una crisis constitucional sin precedentes que puede alterar el panorama político de las próximas elecciones en España. Todo empieza durante el Gobierno de Felipe González que derogó el artículo 79 de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, donde se establecía que previamente a ser aprobado cualquier cambio en los Estatutos de cualquier comunidad autónoma, estos deberían pasar necesariamente por la aprobación del Tribunal Constitucional. Además, que una vez aprobados por las Cortes, según el artículo 151.2 y 151.3, debían ser sometidos a referéndum dentro de la correspondiente comunidad autónoma. Si no se hubiere derogado el artículo 79 hoy no habría problemas de inconstitucionalidad del Estatuto catalán, pues previamente habría superado aquellos requisitos para obtener su validez. Aunque hay que decir que con toda probabilidad tampoco se tendría dicho Estatuto.

El problema tiene su origen en la falta de memoria por parte del partido socialista con la rica historia de la nación española y de su compromiso con la España indivisible. «De esas aguas, tenemos estos lodos». Ante las exigencias crecientes de los nacionalismos, las distintas Comunidades Autónomas, pero principalmente la catalana y la vasca, los nacionalismos van adquiriendo cada vez más protagonismo, en parte también propiciadas por una Ley electoral que hace difícil garantizar una mayoría necesaria para gobernar, pero también por la falta de otras fuerzas políticas que sustituyan a los nacionalismos, hoy por hoy los apoyos de los nacionalismos vasco y catalán son imprescindibles para gobernar. Así, los sucesivos gobiernos de España van otorgando a algunas comunidades autónomas cada vez más y más soberanía, y cediendo cada vez más y más competencias, a la par que los partidos más nacionalistas van adquiriendo cada vez más y más protagonismo, mientras que los partidos de ámbito nacional van perdiendo representación.

El Estatuto de Cataluña refleja la deriva autonómica en la que está sumergida España entera. Por eso en Cataluña, partidos como el PSC no quieren perder protagonismo y se alinean con las tesis más reivindicativas del nacionalismo catalán. Puede que incluso hoy estén pensando en desligarse de su matriz, el PSOE. Y es que parece que ha llegado ese momento en que las piezas del puzzle español empiezan a no encajar, y donde los partidos políticos de ámbito tradicionalmente «nacional», como es el Partido Popular, empiezan a perder fuerza y a comprender que no ha jugado bien la partida cuando tuvieron la ocasión, porque cuando disfrutaron de mayoría parlamentaria no se atrevieron a modificar la ley electoral, ni tan siquiera se molestaron en afianzar convenientemente la constitucionalidad de los Estatutos, al menos volviendo al punto de partida o introduciendo mecanismos de salvaguarda con el fin de garantizar la constitucionalidad de los Estatutos y con ello la unidad de España. El miedo del Partido Popular a ser castigado electoralmente si modificaba las leyes finalmente le empieza a pasar factura, lo que le podría suponer perder algunas de sus piezas definitivamente. Las cifras no engañan, en la elecciones generales del 2000 el PP obtuvo en el País Vasco 323.235 votos (28,26 %), mientras que las pasadas elecciones generales de 2008 apenas llegó a los 206.702 votos (18,50 %), en Cataluña otro tanto de lo mismo, el partido popular pasó de los 763.982 votos (22,79 %) en 2000, hasta los 604.964 votos (16,39 %) de 2008.

La situación ha llevado al Partido Popular a seguir una estrategia errónea, e intentar seguir los pasos del PSOE, después de todo, parte de la victoria socialista estuvo en manos del PSC en Cataluña. El PP con el fin de no seguir perdiendo electores parece querer imitar a los socialistas, al menos eso es lo que parece al preparar distintos proyectos en algunas Comunidades Autónomas. Si esta estrategia llega a consolidarse originaría un verdadero desencanto en los simpatizantes del Partido Popular, que tampoco están muy de acuerdo con la forma de abordar los problemas políticos por sus actuales representantes. El PP tuvo en sus manos la posibilidad de cambiar el panorama actual cuando obtuvo mayoría absoluta y no lo hizo y en general sus posibles votantes lo saben. A esto se añade que hoy los ciudadanos creen que el Partido Popular es más de derechas que hace un año según el Centro de Investigaciones Sociológicas. Lo que se traduce en que es más conservador y ante estas circunstancias una estrategia de tipo federal no serviría de nada, salvo para seguir perdiendo simpatizantes y restar posibilidades de conseguir vencer con mayoría en estas próximas elecciones, a pesar del aumento en la intención del voto debido al grave problema económico que estamos viviendo. A estas alturas, si el PP hubiera jugado sus cartas correctamente tendría una ventaja abrumadora respecto del PSOE, pero no es así.

Los electores populares perciben una clara pérdida de identidad de las siglas PP, cada vez que va dejando de ser un partido nacional para convertirse en un partido similar a los nacionalistas de CIU o del PNV en determinadas autonomías, al conceder ciertos privilegios a algunas ejecutivas territoriales que le van quitando autoridad como partido nacional, propiciando así el descontento. Probablemente por el cariz que va adquiriendo el problema autonómico se hayan planteado que un discurso único no les beneficia, pero se equivocan. Al ser un partido mucho más conservador tiene un electorado mucho más rígido, lo que le impide mudar de estrategia o de espacio político, por contra, otros partidos como UPyD seguirán alimentándose de su electorado descontento, pero ellos también pueden tener fecha de caducidad, porque además de no tratarse de un partido liberal, sino más bien de un partido claramente de izquierdas, con un discurso más propio del nacionalismo español. Si sus antiguos simpatizantes caen en ello, se darán cuenta de que están pescando en el mismo espacio electoral que el PP, con la diferencia que su ideología es socialdemócrata, más aún después del absurdo e innecesario Congreso que UPyD protagonizó para aupar a su lider, y machacar a sus oponentes.

El PSOE le ha marcado los tiempos al PP y la propia deriva autonómica está haciendo el resto, mientras tanto las rémoras revolotean. Con el fin de conseguir más electores, el PP está cosechando justo lo contrario a lo pretendido, porque es más lo que puede perder que lo que puede ganar en estas circunstancias. Además, podemos comprobar también que para las comunidades más nacionalistas y las nuevas que van surgiendo al amparo de esta deriva, sus posibles «nuevos electores» no acaban de creerse que el PP vaya a convertirse en los nuevos defensores de su identidad nacional. Hecho que sólo aparentemente parece haberles funcionado a los socialistas, aunque a costa de apoyar posiciones cada vez más beligerantes, como en el caso del PSC de José Montilla en Cataluña, que a la larga podría pasarles también factura. Por este motivo tampoco debe extrañarnos que el PSC acabe por desvincularse definitivamente del PSOE. Tal vez si el electorado del PP no fuera tan conservador tendría alguna posibilidad, pero, hoy por hoy no la tiene. Sólo un partido verdaderamente liberal (no sólo en lo económico) podría cambiar las tornas, y conseguir algo muy parecido a lo que ha ocurrido en Alemania y cambiar el panorama al que lamentablemente nos está conduciendo hoy el Gobierno socialista.

Gunther Zevallos
Secretario Gral pCUA

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